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lunes, 7 de octubre de 2013

A Matías siempre le había parecido que Entropía era una chica de lo más particular. Le parecía singular porque no era del Todo de la sociedad: "la multitud se mueve por el Caos de los individuos excelentes", dijo una vez un poeta que, tras suicidar lo mejor de sí mismo, se le olvidaron las palabras y murió por no poder respirar. Y Entropía, era de ese pequeño grupo de individuales que crean el Caos, que no se dejan guiar por él, que , que le dan vida en su vientre, en su sexo, en su cerebro e incluso en sus manos - de sabor a chocolate -, pensaba Matías.
Esta niña con piernas de mujer, residía día y noche, sin pagar posada, en el recuerdo de Matías, con sus pantalones de cuero y su melena, morena, ondulada, encrespada, al viento. Con sus ojos de lince, avispado, verdes, animal, grandes. Ocupaba un pequeño espacio en el que siempre bailaba. Podía bailar de alegría, jazz, o de tristeza, blues. A veces, incluso bailaba flamenco del que hace llorar. Entropía bailaba de todo con sus pies, alocados e incontrolables, sin tacones, descalzos de miedos y sordos de frío. Y de todo lo que bailaba salía corriendo el orden y nacía el Caos del arte.

Matías ya ni siquiera recordaba si un día la conoció y voló como un pájaro al día siguiente dejando la cama vacía y las sábanas dobladas o fue una imaginación de la mujer que quería que le escribiera la carta de despedida. Entre nebulosas.



Cedeclara,.

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