domingo, 16 de marzo de 2014

El egocentrismo del laberinto.

¿Quién soy? ¿QUIÉN HABLA? Ah, soy yo, es cierto. Pero era eso, ¡era eso lo que quería decir! Que quién era yo! Bang-Bang. Pregunto que cómo, de qué extraña manera, se construyen las distintas voces que ferozmente disputan y que parecen, todas, tener MI propia voz. Pero... ¿Cómo que MI voz? Tengo yo una voz solo para MÍ. He shot me down. Pero, sin embargo, sé cuando son varias porque gritan e intentan quedar por encima las unas de las otras. Lo sé. Hay varias y todas tienen igual tono de voz. El mío. ¿El mío? ¿Cómo sé que es mi voz si no sé quién soy yo? ¿SERÉ YO TODAS MIS VOCES? Todas. Bang-Bang. En ese caso, no sería su voz la mía, sino que mi voz serían las suyas; soy yo quien las toma prestadas. ¿SERÉ YO EL RESULTADO DE SUS DISPUTAS? ¿Soy la conclusión de los gritos de las voces de mi interior? Quiero decir... ¿estaré yo dentro de ellas...? Pero cómo estar dentro de, no una, sino varias voces... Quizás yo solo sea el refugio de mi conciencia, la fachada que las esconde. ESO! Eso tengo que ser: mi conciencia. YO SOY MI PROPIO PEPITO GRILLO; quiero decir... mis Pepitos Grillos... Porque hay más de uno, porque son varios, lo sé porque gritan, y yo... Yo soy el resultado de los gritos de todos ellos... Siempre gritan. That awful sound. ¿Por que gritarán las voces que, al final, como resultado, soy yo mismo? Quizás gritan porque yo no grito. ¿Quién soy yo? Yo soy mis voces... y si ellas gritan, ¿por qué yo no grito?


Quizás 
el rechazo 
lo llevo dentro 
y             soy yo 
       la que rechaza.



Quizás suene estúpido pero ahora que no estás soy más yo y menos yo cada instante. Me explico: la esencia de mi ser es tambalearme en una cuerda, es pasear por el borde de los miradores, aunque no sean para andar, sino para mirar. Y cada instante que no es estás me acerco más al borde. Y el viento sopla más fuerte y desequilibra mi andar, mueve mi pelo y me reseca la mirada. Será levante, seguramente. Cada instante que no estás me pregunto más por la finalidad de mi posición en el mundo, dentro del mundo. Un mundo de muchos. Y yo en él. Sin embargo, el viento se lleva mis partículas lejos de mí y preguntarme quién soy y qué hago rodeada de gente, que se aleja, no hace más que desgastarme las ganas de ser. Aunque Quizás soy yo la que se aleja con mi andar. Soy menos yo cuando consigo esconder mejor el pelo despeinado por el viento y mi mirada reseca. Dejo de ser yo cuando nadie sabe que me he roto. Y nadie lo imagina. Y Quizás a nadie le interesa.

Pensaba que tú (o tú o tú) podríais decirme quién era yo. Pero ya no estáis. No sé si os habéis ido o me he ido yo.

cé. gracias media mitad por este magnifico cuaderno.

jueves, 9 de enero de 2014

Escribir es respirar.

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 Muchas veces nos preguntamos cuál fue el día que dejó de escribir o si, quizás, no fue un día, sino una escalera de sucesos descendientes la que la llevó al subsuelo.
Ahora, muchas veces nos lo preguntamos; estaba claro que sus dedos se atrofiaron; su piel rosada, se deshidrató; la luz de sus ojos, se apagó y sus labios, antes rosados y carnosos, tornaron azulados y enfermizos.
Y es que todos tropezamos con que el día que dejó de escribir, se dejó también perder a sabiendas y, así, pararon las palabras y, por tanto, la respiración.
Muchos nos preguntamos cuándo dejó de escribir, de inhalar y exhalar las letras, de buscarse, de abrir sus pulmones al Mundo del, entonces, hoy.
Porque, cierto es, que feliz todos sabíamos que nunca lo había sido, que por eso escribía.

(Postales desde Friolandia de la persona más cálida)
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"Y creo que en eso consiste escribir, en respirar. Lo haces sin querer, inconsciente, y cuando dejas de hacerlo, aunque sea por poco tiempo, mueres ahogado por las palabras que consiguen roer tus huesos y tus musculos. Por eso decidí que suicidaría lo mejor de mí mismo para poder matarme yo.
Por eso dejé de escribir, supongo, por miedo a la vida. Al ruido. A las luces. A encontrarme ya muerta en las palabras del ayer y no poder hacer nada para sobrevivir al hoy. Prefiero morir en el hoy y olvidarme entonces del mañana. Dejar ya de buscarme en la oscuridad de mis puertas cerradas y mis persianas bajadas al Mundo."

¿Y qué es Mundo?

Cé.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Mi estómago se llena de preguntas. Y me encanta que no haya respuestas.

Querido Luis Jesús,

 Madrid lleva envolviéndome en su bullicio ya más de un mes. Entre sus luces, a todas horas encendidas, sus ruidos, siempre a máxima frecuencia, y sus coches, que no quieren nunca parar de correr. La gente también corre de un lado para otro, como si la vida les fuera en coger el siguiente metro.

Es curioso porque no sé si mis sentidos estarán algo mareados aún pero tengo la sensación de que el único lugar de Madrid donde aún no ha llegado la contaminación y los gérmenes de gran ciudad es mi pequeña, ruinosa y roja facultad. La Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, que se cae a cachos por antigüedad. La más limpia de espíritu y la más sucia de ventanas.

Image and video hosting by TinyPicCada mañana, tras dormir lo máximo que se puede dormir en un Colegio Mayor, (o sea, poco), el café me sabe a preguntas, el autobús es un cúmulo de zombies a los que les cuesta mantener los ojos abiertos, entrar a la universidad es olor a tabaco y tostadas de la cafetería y las clases son gloria, y más preguntas y menos respuestas. Y pasión, las clases son rojas de pasión y verdes de esperanza y azul de admiración desde mis ojos. Las clases son ponerte los zapatos más cómodos y echar a andar sabiendo que has escogido bien el camino. ¡Qué feliz me siento! Cada día estoy más segura de que los zapatos que he escogido me servirán para andar este camino tan difícil que he elegido, que son los perfectos, que no hay otros mejores ni camino con árboles más bonitos, con cielo más claro, con nubes más blancas.

Historia de la filosofía antigua son dos horas de música clásica; ontología dos horas de aprender ser; antropología filosófica es difícil de entender pero, cuando la entiendes, Fuentes te abre las cuestiones más interesantes de nuestros propios intestinos; filosofía política es todo lo demás, es la gota que colma el vaso, el último soplo de aire que consigue que mis pulmones se llenen  de satisfacción. Plena. Entera. Perfecta.

Madrid me envuelve y me mancha con su roce. Me duele con sus ruidos. Le temo por su prisa. Porque me contagia. Sin embargo, me siento limpia con las manchas, me encuentro en silencio aunque haya ruido, me tranquilizo en su bullicio, me sano con sus enfermedades porque me sumerjo, escucho y disfruto mi carrera. Teniendo cada vez más claro, que quiero comer de ella, vivir de ella o sobrevivir con ella.

Qué cursi suena todo. Será que me gusta. Será que me encanta. Será que ya estoy del todo loca. Será que sí.

cé. - Y todo esto me hace ver la preciosidad de la playa y el mar y su olor.

lunes, 7 de octubre de 2013

A Matías siempre le había parecido que Entropía era una chica de lo más particular. Le parecía singular porque no era del Todo de la sociedad: "la multitud se mueve por el Caos de los individuos excelentes", dijo una vez un poeta que, tras suicidar lo mejor de sí mismo, se le olvidaron las palabras y murió por no poder respirar. Y Entropía, era de ese pequeño grupo de individuales que crean el Caos, que no se dejan guiar por él, que , que le dan vida en su vientre, en su sexo, en su cerebro e incluso en sus manos - de sabor a chocolate -, pensaba Matías.
Esta niña con piernas de mujer, residía día y noche, sin pagar posada, en el recuerdo de Matías, con sus pantalones de cuero y su melena, morena, ondulada, encrespada, al viento. Con sus ojos de lince, avispado, verdes, animal, grandes. Ocupaba un pequeño espacio en el que siempre bailaba. Podía bailar de alegría, jazz, o de tristeza, blues. A veces, incluso bailaba flamenco del que hace llorar. Entropía bailaba de todo con sus pies, alocados e incontrolables, sin tacones, descalzos de miedos y sordos de frío. Y de todo lo que bailaba salía corriendo el orden y nacía el Caos del arte.

Matías ya ni siquiera recordaba si un día la conoció y voló como un pájaro al día siguiente dejando la cama vacía y las sábanas dobladas o fue una imaginación de la mujer que quería que le escribiera la carta de despedida. Entre nebulosas.



Cedeclara,.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Hoy vamos a ser Horizonte juntos.

Mientras andaba tranquila por el paseo se preguntó "si pudiera convertirme en cualquier cosa... ¿qué fantástica fantasía podría crear de la Nada? " Y así empezó a imaginar que le salían alas de las clavículas, se retorció de dolor al principio. Cuando ya las plumas relucían al sol, impulsó torpe los músculos que componían los nuevos instrumentos de locomoción. Justo antes de empezar el vuelo decidió que ya no quería ser gaviota; "el vuelo no hace libre al animal, además, las plumas pican. ¿Qué puedo ser ahora? ¿Y si me convirtiera en el Sol? Tan intocable, tan alejado, tan inalcanzable."  Tras pensar esto, notó como la temperatura de su cuerpo se elevaba a una velocidad vertiginosa. Miró sus manos y comprendió que el aumento del número de grados al que se encontraba, hacía efecto en sus órganos, pasando estos del estado sólido a un curioso gas pesado y caliente, cada vez más caliente. Se asustó pero la idea de ser el origen de toda vida compensaba el miedo.
Después de un rato, vio de frente a la Luna, tan blanca y llena, y se la imaginó ganándole el pulso y obligándole a esconderse tras el horizonte. "Maldita Noche, ¿por qué llamas al sol a esconder y a la luna a saludar?"
Así que volvió a su estado fundamental y a reflejar, en vez de irradiar, la luz; recuperando así su forma humana con sus dos pequeñas manos y sus dos agujeros de la nariz, con sus clavículas y sus pecas. "Otra vez en el principio, pensó."
El paisaje que se tumbaba ante ella antes de que empezara a divagar por su propia imaginación había dado un enorme giro de 180º grados. Las gaviotas se habían convertido en mosquitos, el sol en luna y el día en noche. Para entonces la decepción le invadía todos los recovecos de su cuerpo, ninguna de sus transformaciones había sido lo suficientemente satisfactoria.  Se sentó en la arena de la playa, enfadada con el mundo de su al rededor, se quitó los zapatos y dejó que los dedos de sus pies jugaran un rato con los minúsculos granitos de arena. Miró al Horizonte, tan libre, lejano, inalcanzable, Perfecto. Y mientras los
adjetivos calificativos le venían a la mente, sus dedos dejaron de juguetear con la arena, sus pecas se
difuminaron con el cielo, al igual que sus manos que ya no eran ni pequeñas ni grandes. Sintió que ya no sentía el peso de su cuerpo, se esparcía como partículas de sal por el mar.  Para su asombro, dividirse no le producía dolor alguno, era dulce, una dulce rotura de su cuerpo y no sabía si también de su alma. "Qué más dará..." Se imaginaba en un vuelo continuo a ras del océano mientras las partes de su ser iban quedando por el camino una tras otra hasta llegar a ser la Nada. Hasta estar en el Horizonte, hasta ser el mismo.
Hasta ser infinita. Libre. Inalcanzable. Y por todo ello, Perfecta.

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cedeclara. En el Horizonte torcido.





sábado, 18 de mayo de 2013

Luces de alcoba

Ya casi no hacían el amor y cuando lo hacían apagaban las luces y silenciaban cualquiera de los sonidos que pudiera vislumbrar un pequeño atisbo de placer. No había caricias ni impulsos animales que les hicieran sentirse vivos. Cuando acababan, la habitación parecía más pequeña, los muros se cerraban agobiantes.
En esos días ya no se encontraban, ni al uno ni al dos, quizás porque la oscuridad de las luces apagadas se había extendido al resto de la rutina o porque el silencio había invadido la casa, fuera como fuese no daban con la tecla del piano para encender la luz y la música.
A veces, cuando uno de los dos encontraba una pequeña ranura de luz y decidía avalanzarse al riesgo de rozar cariñoso la mano del otro, obtenía una rápida y cortante respuesta, un espasmo automático con el que el otro se alejaba, se esfumaba y contestaba con una mirada felina de terror y odio como diciendo que ni era el lugar ni el momento ni la persona adecuada. Fuera cual fuese el lugar o el momento, nunca sería la persona.
Entonces empezaron a encontrarse en otras personas y en otros vasos, primero de cerveza, de vino tinto después y de whiski solo al final. Iban saltando de copa en copa, de sábana en sábana, sin almohadas, de ventana en ventana. Dieron tantas vueltas entre faldas y cuellos de camisas que en un último instante Cuando ya habian recorrido todo el circulo, volvieron a encontrarse, en la misma cama, con las persianas abiertas de par en par y los vinilos dando vueltas. Y volvieron a comerse a besos con tanta luz que acabaron ciegos de amor.

" Ya no me gustan los viernes ni tampoco los sábados porque no hay llamadas, no me gusta despertarme y mirar el teléfono y tampoco me gusta irme a dormir porque nadie me da las buenas noches. Y mira que suena ñoño. No me gusta tener canciones vetadas y artistas prohibidos ni películas innombrables. Y mira que suena estúpido. Odio haber perdido una de las columnas que me hacía sustentarme porque ahora me tambaleo sin saber en qué momento vendrá el viento que me tirará. Y mira que suena el viento a lo lejos, como si se acercara. "


cé.

viernes, 3 de mayo de 2013

Tenía la libertad en la espalda y una N en el hombro

Con la yema de su dedo índice recorrió toda su silueta. Empezando por el cuello, que siempre es más accesible, y continuó bajando por su costado derecho, rozando sus pechos, saboreando el tacto con su piel, blanca, tersa, suave. Cuando llegó a la cintura desvió su rumbo y acarició lentamente su estómago, como si del bien más preciado se tratara. Él notó, entonces, que una lágrima le resbalaba por la mejilla y sin apartar su mano derecha de ella, como si una vez que se alejara lo tuviera que hacer para siempre, acercó su mano izquierda a la lágrima y la arrancó de su cara con rabia y disimulo. Una vez resuelto el contratiempo, el viaje continuó y sus yemas siguieron disfrutando el roce, el tacto, la caricia.

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Ella de pie, tendida frente a él, mientras el señor se tomaba su tiempo, nerviosa por acabar y no perder al siguiente. Miraba de reojo a la chaqueta, donde estaba la cartera, tendida en la silla del motel de tres al cuarto, contando uno tras otro los minutos y multiplicándolos por la cifra exacta para sumarla a la propina.